Camp de l'Arpa

Transcripción

corte erótico-vital que, so pretexto de recrear sus instancias más entrañables, no vacilan en confundirse con las incidencias más escabrosas que revive su escritura, actitud ésta harto diferente de la que adoptan los viejos de Gombrowicz, por ejemplo, frente a la infancia y a la juventud. "Sólo con un personal bien adiestrado lograremos infantilizar a todo el mundo", dice el pedagogo Pimko en Ferdydurke y en este sentido Kowalski, el protagonista adulto que se sumerge grotescamente en el limbo infantil, encarna ese regressus artificial y casi obsceno que también se advierte en La seducción. Obviamente el habituarse, el adaptarse a la nueva situación conlleva no sólo el repudio de su anterior condición (la madurez) sino también la aceptación de todos los elementos del nuevo estado (el triunfo de la inmaturidad sobre la maturidad) y, al tratar de merecerlos, incurre en una artificiosidad presunta, en la farsa, en fin, en una actitud feraydurkesca. Volviendo a Nabokov, podemos advertir que en un personaje como Ada logran confluir las líneas de Mashenka y Sonia Zilanov, aunque respecto a ésta última, más allá de sus veleidades y defectos, es preciso bucear en pos de un sentido más profundo y significativo. Porque con Sonia y gran parte de las criaturas cobijadas por su rúbrica, nos encontramos por vías del paradigma ante una inquietante verdad, más próxima a la convulsionada experiencia de un pueblo en época de crisis —Rusia en revolución y en éxodo, pueblo inequívocamente aureolado desde siempre por un halo femenino (la santa, la madre Rusia)—, que ante la psicología de una feble y adolescente mujer. El énfasis casi taxonómico de Nabokov por configurar ciertas mujeres prácticamente inabordables desde los puntos de apreciación convencionales, ratifica la vena y la deuda que, desde el exilio, siempre despertó su inquietud, bien fuera consciente o inconscientemente. Detrás de las en apariencia caprichosas figuras femeninas de su obra late la idiosincrasia compleja de una nación que, vacilante, atraca aquí y allá, tanteando un terreno que le es desconocido antes de comprometer en ese mundo ajeno al que ha sido arrojada las raíces que en la historia y en la condición humana le han otorgado un perfil definitivo a sus hijos. No es casual que Ganin, en la primera novela del emigrado y refiriéndose a Mashenka, haga una equiparación entre la mujer y la patria, ambas perdidas para siempre: "La maravillosa femineidad rusa es más fuerte que todas las revoluciones y todo lo supera, incluso las adversidades y el terror..." (Mashenka. cap. 11). Y, precisamente, tal como ocurre con Mashenka, Sonia Zilanov es el punto de partida de una renuncia asumida por los protagonistas masculinos que, incapaces de acceder definitivamente a estas mujeres, o de superar el trauma que su relación con ellas significa, inician un viaje: Ganin huye al otro lado de Alemania cuando Mashenka está a punto de llegar a Berlin; Edelweiss atraviesa las líneas bolcheviques en busca de lo desconocido, tal vez la muerte; Sebastian Knight se aleja del Blamberg de Ninka y se sumerge en la agonía total; Humbert Humbert recorre todos los Estados Unidos tras el rastro de Lolita, lo cual lo llevará a la cárcel; Van Veen abandona por dos largas temporadas a la infiel Ada y viaja por el mundo o se esconde en la literatura; el tour erótico de Albinus lo conduce a la ceguera y a la muerte; la operación que Hermann organiza para escapar de su mujer Lydia termina en la prisión; Antón Petrovich, tras su tentativa de duelo a causa de las infidelidades de su esposa Tanya, se hunde en el ludibrio; en fin, la mayor parte de los "villanos" de Nabokov emprenden un recorrido —trasunto del éxodo de gran parte del pueblo ruso— que degenera en un deambular constante o termina entre rejas —otra forma de exilio— o en la muerte, lejos de sus objetivos primordiales, desprovistos de afecto, desarraigados, como si sólo fueran tránsfugas y peregrinos de una diáspora incesante.

III

El tema de la ninfofilia ha estado presente siempre en una extensa parcela de la literatura universal y, más allá de las consideraciones morales —de otra parte perfectamente desdeñables— que se puedan incoar a la hora de su evaluación, bien sea para su justificación o su repudio, ha contribuido a conformar una de las más complejas, inquietantes y por ello mismo valiosas mitologías de todos los tiempos. Detrás de muchas obras memorables, parte esencial de la madurez cultural de Occidente, subyace una serie de eventos non sanctos para la pacatería de algunos exégetas en trance de moralistas: Dante se enamoró de Beatrice cuando ésta sólo tenía nueve años de edad; Petrarca amó los doce años de su Laura; Nevalis nutrió la poeisis de su obra a partir de los doce años de Sophia von Kühn; Heinrich von Kleist inclinó su soberbia ante los trece años de Louise Wieland; Edgar Allan Poe honró los trece años de Virginia Clem; Lewis Carroll no ocultó nunca su entusiasmo por los doce años de Alicia Lidell y, de proseguir, los ejemplos se harían hostigantes. El marco de edad señalado expresamente por Nabokov se cumple en todos los casos y la identidad de la nínfula se hace cada vez más nítida y precisa: Lolita —nombre que, como dice el autor, la gente se cuida de ponerle a sus hijas ya que después de la publicación de su novela sólo se le endilga a los loros o a "ciertas perras de aguas"—, junto con Ada, Lucette y Ninka, concilia en su imagen todos los elementos que, probablemente desde las hijas de Lot, tipifican a esa muchachita entre ingenua y pervertida que retoza para mayor deleite de unos cuantos adultos elegidos. Sin embargo, un impulso casi general intenta elevar al rango de nínfula a algunas niñas más o menos excepcionales sin deternerse* a considerar las características de su comportamiento y la reciprocidad de afecto con su partenaire, que es donde en realidad radica la diferencia. Por ejemplo, a menudo se comparan las niñas de Nabokov con las de Carroll sin tener

*así en el original

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