Camp de l'Arpa

Transcripción

FAUMUNCULOS, NINFAS Y OTRAS LASCIVAS ESPECIES DE LA DORADA PUBESCENCIA

 

RAFAEL HUMBERTO MORENO-DURÁN

 

I

La primera hembra conocida de la variedad Lycaeides sublivens Nabokov cae en la red del lepidopterólogo en un punto indeterminado de la compleja geografía por la que, de la caricia al Retozo, deambulan Lolita Haze y el “villano” Humbert Humbert, aunque ello no es casual en absoluto. Como si se tratara de elaborar una nomenclatura del más clásico rigor entomológico, Vladimir Nabokov determina géneros, fija variedades, clasifica filiaciones, vivisecciona especies y analiza la estructura y hábitos de unos bichos que nos son otros que ciertas deliciosas muchachas en pleno tránsito hacia la pubertad. Ya en el capítulo quinto de la primera parte de Lolita Nabokov consiga su profesión de fe al respecto: “Entre los límites temporales de los nueve y catorce años surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana sino de ninfas (o sea demoníaca); proponga llamar nínfulas a esas criaturas escogidas”. Es pertinente agregar que, para una mejor comprensión de la idiosincrasia y comportamiento de las nínfulas en el plano de su hábitat afectivo, se requiere la presencia de un partenaire que adopta bien la forma del ninfulómano, esto es, de un individuo adulto, a veces viejo y al borde de la satiriasis, o bien la forma del faumúnculo, amante que tiene la misma edad de la inquietante doncella, aunque a menudo la nínfula se regodea con los dos al mismo tiempo o en jornadas alternas y escalonadas. En este sentido las dos nínfulas arquetípicas de Nabokov, Dolores Haze (Lolita) y Adelaida Veen (Ada, o el ardor), dan reiteradas pruebas de su capacidad de alterne y ambas, como la Juliette de Sade, se desembarazan de su virginidad a los doce años de edad y no propiamente a manos de algún viejo lascivo, sino merced al insospechado arrojo de un par de faunúnculos. Lolita, que con otra colega suya, Bárbara, y su amigo Charlie, de trece años, se dedican religiosamente a recrear las variantes de un envidiable ménage a trois, se deja desflorar por el muchacho para seducir luego con ostensible destreza al tímido Humbert Humbert, su padrastro. Por su parte, Ada, que a los once años ya ha devorado con fruicción los tres volúmenes de La historia de la prostitución, así como las obras más picantes de los libertinos del siglo XVIII y los sexólogos alemanes, fornica gozosamente con su primo Van (que en realidad es su hermano) y poco después se entrega a Percy de Prey y al schubertiano Herr Rock, su profesor de música. Al común denominador del incesto, cabe añadir también la simetría del amor en grupo, pues, como Lolita, Ada promueve un agitadísimo triángulo sexual en el que participan ella, Van y su hermana menor, la “pequeña depravada” Lucette, que estaba “criminalmente enamorada” de Van. Son unas relaciones intensas, amparadas por la falsa certeza del juego entre primos, lo cual no impide que, conscientemente, transgredan la admonición implícita en la sentencia que reza: cousinage, dangereuz voisinage, y en la que fácilmente se advierten ecos de Choderlos de Laclos, miembro ilustre de su precoz bibliografía erótica. Otra afinidad, quizá la más significativa y determinante en las relaciones de estas niñas-hembras con sus compañeros adultos, es la sagaz capacidad que tienen para cubrir con aura de ambigüedad la verdadera situación de sus intereses afectivos: mientras Humbert Hum-

 

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