Mujeres en primera fila (coescrito con Gabriel Restrepo)

En Augusta Sílaba , creo, o en otras memorias, R.H. dedicó muchas páginas a su amor por el teatro. Si no estoy mal, rondó por el teatro La Mama e incluso pergueñó manuscritos con un drama. Y yo recuerdo que años antes solíamos asistir a la primera sede del Teatro La Candelaria en la carrera 13 con calle 24, frente a una sede de la Universidad INCCA en la cual estudiaríamos alemán con un profesor de Leipzig, Herr Just, en un grupo en el cual sobresalía el eterno profesor de El Capital, de apellido Llanos. 

Cuando se encontraba en Barcelona desde 1973, creo, hasta su regreso hacia el año 1985, tuve por mi parte algunos encuentros con el teatro: la Universidad Nacional intentó recuperar la tradición teatral que perdiera cuando el grupo de Santiago García se retiró para fundar la Candelaria en 1966, luego de la expulsión de Marta Traba de Divulgación Cultural y de la excelente presentación de la obra de Brecht Galileo Galilei. Para ello integró dos profesores en el Consejo Directivo de la Escuela Nacional de Arte Dramático, además con el objetivo de validar los diplomas de los egresados: uno de ellos fue el arquitecto Néstor Tobón, otro quien suscribe. A la larga, el retorno fue imposible por la burocracia de la UN, pese a que Santiago García dirigiera por unos años la ENAD, institución que a la postre sería integrada como está hoy a la Universidad Distrital. Pareciera como si la UN le tuviera miedo al teatro y a la danza, porque apenas alberga una maestría de Teatro y Artes Vivas, medio escondida, aunque con excelencia por la presencia de los hermanos Aberhalden. 

Pero la experiencia de mayor relevancia para la adaptación de Juego de Damas al teatro proviene del conocimiento recíproco que RH y yo teníamos por separado de Jorge Alí Triana, en su caso anterior, creo, a su viaje a España, cuando dirigía el Teatro Popular de Bogotá, escuela junto a la Candelaria de los mejores actores del país. Por mi parte, traduje la obra de Ricardo III de Shakespeare y además ofrecí algunas conferencias sobre el tema para el montaje del TPB, clásico por las actuaciones de Angarita y de Laura García, entre muchos otros, y dos años después, hacia 1979, traduje del alemán la obra de Bertold Brecht Arturo Ui, montaje realizado con un director de teatro de Praga con la asistencia de Jorge Alí Triana. Dos años después adapté al guión Las Puertas, un cuento mío ganador de un concurso de cuento en 1967, para uno de los cuatro episodios de la película colectiva de cineastas dirigida por Jorge Alí Triana, Las Cuatro Edades del Amor, de comprensible fracaso en la historia del cine nacional por navegar a medias entre pretensiones clásicas y ganchos pornográficos para atraer un "pueblo" que no llegó. 

Así que cuando retornó R.H., al cabo de unos dos o tres años, me propuso trabajar con él en adaptar a teatro la obra Juego de Damas, y hacia 1992 elaborar la versión para cine aprovechando la ocasión de un concurso de guión, en el cual quedaríamos como honrosos finalistas. No fue un ejercicio difícil, como tampoco lo sería la adaptación a guión cinematográfico, ya que RH escribía como si tuviera frente a sus ojos como director de cine o como dramaturgo las peripecias cómicas y trágicas de la novela más célebre, aparte de lo que es una confidencia: no solo el hecho de que ambos conociéramos por experiencia el ambiente de aquellos años, nuestro equivalente bufo del mayo de 68 parisino o de las revueltas estudiantiles de Estados Unidos o de Alemania, sino muy de cerca fuéramos amigos de los protagonistas, y en particular del trasunto de la Hegeliana, que fuera la esposa primera de RH y el amor platónico mío. 

Recuerdo en particular una reunión con Jorge Alí Triana y con Amparo Grisales, la que sería protagonista principal, tanto en teatro como en película, en el apartamento de la esposa de entonces de Jorge Alí Triana, la socióloga Rocío Londoño. Allí, con buenos whiskies y pasabocas se prodigó lo de siempre: la promesa de que la obra se llevaría a tablas o se rodaría en largometraje. Pero la vida es más exigente que los deseos y las intenciones quedaron como tales. Y lo que acaso nunca podré saber es hasta qué punto interfirió en el paso del proyecto al acto el hecho de haberme distanciado unos años antes de Jorge Alí por lo que consideré una distorsión comercial de mi cuento Las Puertas, cuento que por cierto leí,  como solíamos hacer  entonces,  en lecturas de las cinco de la tarde en El Cisne con RH y Francisco Sánchez Jiménez, luego de la obligada visita a la librería Buchholz a "recuperar" libros, tarea en la cual mis dos amigos eran expertos por ausencia total de aquellos escrúpulos que yo experimentaba como exseminarista. Por cierto, R.H. siempre se quejó conmigo de que no lo hubiera invitado a la premiación en el Círculo de Periodistas de Bogotá. Yo me escudé en un hecho cierto: quería preservarlo para la literatura, ya que el espectáculo de lo que fuera la premiación del concurso Riopaila-El Siglo no pudo ser más bochornoso: enfrentamiento a bastón alzado del poeta Carranza y a cachetada limpia de Óscar Collazos. El motivo, protesta por la expulsión de Marta Traba de Divulgación Cultural de la UN. Los jurados Daniel Samper, Fanny Buitrago y María Mercedes Carranza miraban impotentes la pelea enardecida por el buenos "guaros". Tal vez yo quedé herido de muerte para la literatura criolla por la venalidad de la farándula, a diferencia de R.H. quien desde la misma obra Juego de Damas se vacunó contra sus efectos perniciosos. 

Gabriel Restrepo